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Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros. (Groucho Marx)

lunes, 29 de agosto de 2016

El tonto de Asier.


Asier, el hijo de la Celia, era un niño tonto, consentido y mimado, merendaba bocadillos de chocolate y por entonces sólo él tenía un “balón de reglamento”, uno de los buenos, de esos blancos de cuero que  sonaban bien y no se lo llevaba el viento.
Jugábamos en el parque del tercio, un campo de lo más curioso porque entre columpios y en su mitad había un árbol y no un árbol cualquiera, no, era un árbol con dos troncos que divergían según lo escalabas mientras que en el suelo, dos piedras marcaban los dominios de Ricardo que siempre jugaba de portero y ahora que lo pienso, se tiraba de tal forma que no sé ni como está vivo...
El caso es que el tonto de Asier era el dueño del balón y había que consentírselo todo, o eso o no había partido. Él elegía primero, él decidía dónde, cómo y con quién jugaba pero lo peor de todo no era eso, lo peor es que cuando su equipo iba perdiendo... se mosqueaba y ya no quería jugar, cogía el balón y se piraba.
Igualito que Pedro Sánchez.